La Coctelera

El Colmado de Lamira

29 Junio 2009

Un paréntesis (Sin punto final)

Pido perdón a los lectores de este blog (escasos pero valiosísimos y a los que quiero mucho más de lo que ellos puedan suponer) por tantas semanas de silencio.

Afortunadamente no han sido problemas de salud, sino (afortunadamente también) exceso de trabajo que no me ha permitido postear con la asiduidad que a mí me hubiera gustado.

Quiero creer que se trata sólo de un paréntesis. Claudina Górtimer, o su fantasma, me presiona cada noche para que no abandone las historias de Lamira (y menos ahora que ella empezaba a volver a ser protagonista), pero me da la impresión de que este paréntesis puede ser más largo del que yo mismo desearía.

Recuerdos de Gertru Salomon.

Un abrazo para todos.

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18 Mayo 2009

Entre la rutina y los fantasmas.

Los días van transcurriendo con la rutinaria parsimonia que anida en Lamira cuando llega el buen tiempo.

Afortunadamente, el negocio va cada día mejor. El trabajo es enorme y se me va acumulando poco a poco hasta dejarme casi sin fuerzas incluso para escribir en el blog. Espero que los amigos que me leen sepan perdonarme.

Después de lo último que conté aquí, le pregunté a la señorita Salomon si había hablado con Doña Alberta acerca de Claudina Górtimer.

Gertru me miró muy sorprendida, pues cuando le hice la pregunta aún no había tenido oportunidad de saludar a la madre de Salma. La señorita Salomon tampoco puede quejarse de la marcha de su negocio. El hotel tiene puesto el completo desde hace varias semanas, lo que quiere decir que nos vemos muy poco.

He recordado que Doña Alberta y Gertru se conocieron en mi boda.

- ¿Le contaste algo sobre Claudina?

Gertru Salomon se desespera conmigo.

- ¿A qué viene tanta pregunta sobre Claudina? No. Nunca he mencionado su nombre a Doña Alberta. En la boda no tuvimos mucho tiempo para conversar y ,créeme, no salió Claudina ni una sola vez.

Me exigió que le explicara el motivo de mi preocupación. Le conté lo que ocurrió un par de días antes, y que quedó aquí escrito en el post anterior. Doña Alberta oye voces de una mujer que habla de una crema hidratante, de un sillón, de unos dientes, de unos buñuelos de viento...

Gertru me mira con una melancólica sonrisa...

- Sí... -me dice- Es Claudina, no cabe la menor duda.

Y se sienta a la mesa de su cocina, apoyando la cabeza sobre su mano. Y recuerda:

- Su espectacular sillón de ortodoncista y su paradójica repugnancia por las dentaduras ajenas... La crema hidratante para sus codos, que la enemistó con el boticario... Mis buñuelos de viento, que eran su perdición...

Yo me quedo de pie, estupefacto, contemplando los ojos de Gertru Salomon, que no miran al techo de su cocina, sino al cielo de su Claudina.

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3 Mayo 2009

Voces en la noche.

Le he preguntado a Doña Alberta qué dicen exactamente esas voces que oye por las noches.

Doña Alberta se ha quejado de que la sopa estaba fría, y Salma se ha levantado para calentarla en el microondas mientras me miraba con una mezcla de reproche y resignación.

- Pues qué van a decir, tendero. Bobadas. Habla tan deprisa que casi no la entiendo. Y eso que pronuncia bien, la condenada.

Sí, la sopa estaba fría. Ahora he sido yo quien se ha levantado para calentar mi plato y el de Salma, que se ha sentado a la mesa con gesto de estar dispuesta a escuchar con infinita paciencia cualquier tontería que salga de la boca de estos dos chiflados.

- ¿La voz de una mujer? -le he preguntado.

Doña Alberta ha arrojado la cuchara sobre el plato.

- ¡Coño, lo que quema esta sopa!

Y después de una pausa, ha añadido con un tono confidente:

- Sí... una mujer. Habla mucho, todo el tiempo hablando sin parar. Habla muy deprisa, casi no la entiendo.

- ¿Y de qué le habla?

Salma me echa una mirada asesina.

- Habla de muchas cosas... Ya te digo que apenas la entiendo. Tonterías: No sé qué de un sillón, de unos dientes, de una crema hidratante, de unos buñuelos de viento... Debe estar loca, la pobre.

Y su respuesta me ha puesto los pelos de punta y la piel de gallina.

Por la noche Salma me dice muy enfadada que no le gusta que me burle de su madre. Me recuerda lo que ya sé: que está muy enferma y que su cabeza no rige bien.

Después de pedirle perdón a Salma y de jurarle que en ningún momento he pretendido burlarme de Doña Alberta, le he preguntado:

- ¿Tú contaste algo a tu madre sobre Claudina Górtimer?

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30 Abril 2009

Los sonidos de la noche.

Los primeros diez días de Doña Alberta en Lamira han sido de locura, dicho con todos los respetos.

Al principio se mostraba muy nerviosa, sobre todo por las noches, y nos mantuvo en vela varias seguidas, unas veces sólo quejándose y otras llorando como una niña pequeña. Le daba miedo el silencio.

Toda la vida escuchando el ir y venir de las olas que rompían dulcemente sobre la arena de la playa y ahora, de repente, eso se ha sustituido por un indescriptible silencio. Tal vez, pensé, cuando venga el buen tiempo y abramos las ventanas, el canto de los grillos y el murmullo de las hojas de los árboles mecidas por el viento puedan hacerle compañía en las noches de insomnio.

El doctor Jericó cree que es sólo cuestión de tiempo, y que pronto se acostumbrará a los sonidos de Lamira. Y a sus silencios.

Pero Doña Alberta nos vino anoche con que no podía dormir porque oía voces que salían del sótano.

Es cierto que desde el dormitorio -por culpa de un conducto de aire que une las tres plantas del edificio-, puede apreciarse perfectamente el ruido de los motores de las cámaras frigoríficas, cuyo runruneo constante, imperceptible durante el día, se convierte en tortura por la noche.

Me resultaba algo molesto al principio, pero pronto me acostumbré y pude dormir plácidamente olvidándome del mundo y sus sonidos. Sé que hay cámaras muy silenciosas, pero son excesivamente caras para mis actuales posibilidades.

Sin embargo, Doña Alberta me mira con esa mirada inquietante de quienes no viven en nuestra misma realidad:

- ¡Qué motores ni qué bobadas, tendero! -me dice-. Los motores no pronuncian las palabras, y las voces que yo oigo vocalizan perfectamente. Aunque hablan mucho y demasiado deprisa, para mi gusto.

Salma me mira con gesto compungido y se levanta para acompañar a su madre al dormitorio y quedarse con ella, cantándole nanas hasta que se duerme. Y entonces Salma regresa al sofá-cama, me abraza y me besa en el hombro.

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26 Abril 2009

El regreso de Salma.

El pasado martes, por fin, llegaron Salma y su madre en el tren del este. Esta vez sí me atreví a pedirle a Melinda que se hiciera cargo de la tienda mientras yo iba a la estación para traerlas a casa.

El tren del este tiene su hora de llegada a las 19.30, pero siempre lo hace con veinte minutos exactos de retraso.

Mientras aguardaba mirando las vías que se unen en el horizonte, pensaba que lo lógico sería que pusieran como hora de llegada las 19.50, de esa manera el tren sería siempre puntual. Me parece bastante razonable. Un pequeño cambio que modificaría también la fama de impuntual que tiene nuestra Ilustre Compañía del Ferrocarril (ICF).

Aunque en su rostro se reflejaba el cansancio, Salma estaba muy sonriente cuando se apeó del vagón de clase turista tomando del brazo a una envejecida y torpe en los movimientos doña Alberta. Así se llama su madre: Doña Alberta.

Las dos voluminosas maletas fueron bajadas por un agradable mozo de la ICF, que agradeció mi propina con un leve toque en la visera de su gorra. En aquellas dos maletas se encerraba toda la vida de las dos mujeres. Y detrás de la sonrisa de Salma y de su beso en mis labios hallé el sabor amargo de la tristeza.

Salma se ha despedido para siempre de la tienda familiar de souvenirs y de la casa junto al mar, en la que nació y creció. Finalmente no ha querido ponerla en alquiler, sino que ha preferido venderla.

Dice Salma que cuando se rompe con el pasado hay que romper con todo él, desatar los lazos que nos unen a la nostalgia porque son ataduras que nos impiden seguir avanzando.

Y Salma quiere avanzar en Lamira. Y quiere hacerlo conmigo, a mi lado.

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20 Abril 2009

De la razón a las razones.

Salma ha preferido no aceptar el ofrecimiento de la señorita Salomon de irnos a vivir los tres (Salma, su madre y yo) a dos habitaciones contiguas del hotel Górtimer. Me ha pedido que le diga que se lo agradece muchísimo y que está de acuerdo en que hay que dejarse ayudar en los momentos difíciles, pero que también es cierto que cada uno tiene que saber afrontar y resolver por sí mismo sus propios problemas.

Como casi siempre en esta vida, parece que todos tienen razón. O, al menos, razones.

¿Y yo? A fin de cuentas yo también estoy implicado. Yo soy una pieza del mismo puzzle. ¿Qué opino yo de todo esto? Es la pregunta que tanto temía y que, como era de esperar, me ha hecho Salma.

Hasta ahora he adoptado la postura más cómoda: la de no decir nada, hacer como si el asunto no fuera conmigo. He sido el transmisor de la propuesta de Gertru y la contestación de Salma, sin dar mi opinión.

Finalmente he dicho esa frase tan socorrida pero que tan poco gusta al que la recibe: "Lo que tú hagas estará bien hecho".

He notado a través del teléfono el reproche mudo de Salma. Esa respuesta no le vale. Quizás sea la única que no le vale. Y en esos segundos de denso silencio mi mente se ha puesto a calibrar los pros y los contras...

Tal vez convenga no ir demasiado deprisa, no agotar los recursos. Hay que buscar los tiempos. Es posible que por ahora nos apañemos viviendo en el pequeño apartamento que está sobre la tienda. Salma y yo dormiremos en el sofá-cama de la salita y dejaremos el dormitorio para su madre. Nosotros dos podremos estar todo el día pendientes de ella, subiendo las veces que haga falta para atenderla.

La señorita Salomon lo ha entendido perfectamente, aunque no ha podido ocultar un gesto de contrariedad. Es de esas personas que siempre quieren ayudar a los demás y lo daría todo por sus amigos.

O puede ser que se sienta muy sola en ese hotel tan vacío.

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12 Abril 2009

Por qué queremos tanto a Gertru.

La señorita Salomon me ha dicho que no entiende que pretenda alojar a la madre de Salma en el pequeño apartamento que está sobre la tienda.

Yo le he respondido que mi suegra ocupará nuestro dormitorio y que Salma y yo dormiremos en el sofá-cama del diminuto saloncito que hace las veces de oficina. Mientras Salma y yo estemos en la tienda, podremos atender a su madre. No estará sola ni un segundo.

- ¿Y la vais a tener enclaustrada en ese cuchitril?

- El cuchitril es mi casa, Gertru.

Gertru Salomon me ha propuesto que nos vayamos los tres a vivir a su hotel, tan de capa caída por culpa de la maldita crisis. Me ofrece -gratis- las dos habitaciones contiguas de la segunda planta, con vistas a los maizales de Lamira.

Opina que no es sólo cuestión de espacio. Según ella, Salma no puede -ni debe- sepultar su juventud y su fortaleza vital en el cuidado de su enferma madre.

- ¿Y qué puede hacer, Gertru? -le pregunto lleno de angustia.

Mi vieja amiga me mira con detenimiento y esboza una de esas sonrisas amargas que me encandilaron cuando la conocí:

- Dejarse ayudar, tendero.

Dice la señorita Salomon que las personas de buen corazón suelen tender a culpabilizarse de los males que afectan a sus seres más queridos. Y que, en ese sentido, pierden el rumbo de hasta dónde pueden llegar sus posibilidades. Devienen en personas amargadas, frustradas, tristes, depresivas... Gente joven y hermosa que ha sacrificado su vida, su presente y su futuro, y al final sólo encuentra el vacío, la nada, la muerte. Ni siquiera les queda la conciencia tranquila: siempre hay algún reproche hacia uno mismo, siempre pensarán que no hicieron lo suficiente, que deberían haberlo hecho mejor.

- No quiero que eso le suceda a Salma.

Gertru opina que Salma debería abrir nuevamente su cafetería, que yo tendría que dedicarme en cuerpo y alma a recuperar mi viejo supermercado, en lugar de conformarme con la triste tienda que ahora regento.

Cree que la madre de Salma estaría bien en el hotel Górtimer, que con toda seguridad podría echarle una mano en la cocina, que ella se encargaría de darle conversación... de mantenerla viva.

Yo creo que adoraría de igual manera a Gertrudis Salomon si no hiciera los suculentos pasteles con los que me deleito cada tarde. Cuando miro sus ojos sinceros escrutando los míos, siempre tan dubitativos, recuerdo la canción del viejo Machín:

Aunque la virgen sea blanca,
píntame angelitos negros,
que también se van al cielo
todos los negritos buenos.

Y, sin embargo, no he sabido qué responderle.

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5 Abril 2009

Un poco de tiempo.

El reverendo Sincler y su señora atendieron el colmado con gran interés durante los tres días que estuve ausente. A mis clientes no les faltó ni el pan diario ni la prensa ni nada de primera necesidad, salvo que consideremos como tal a los condones.

Efectivamente, lo primero que hicieron el sábado por la mañana fue retirar todos los preservativos y las revistas pornográficas. No hicieron una hoguera en la puerta del colmado, como yo temía, sino que los metieron cuidadosamente en cajas de cartón y los bajaron al sótano. Me dijeron que respetan el libre comercio en general y mi postura individual, pero que ellos no pueden ser partícipes.

Yo también respeto su decisión. Así se lo hice saber junto con mi agradecimiento. Por descontado, las ganancias que tuvo el colmado durante esos días irán a parar a mejoras del templo perseverantista.


 Volví a Lamira solo. Salma se quedó con su madre en el pueblo de la costa. Me pidió tiempo.

- ¿Más tiempo, Salma? -le pregunté angustiado.

Ella me miró con media sonrisa, me besó en los labios y me contestó:

- Tiempo para hacer la maleta de mi madre.

No es que la madre de Salma necesite mucho equipaje. Lo que ocurre es que a Salma le gusta hacer las cosas bien. Quiere dejar la casa y la tienda de souvenirs en manos de una agencia inmobiliaria que gestione los alquileres.

Ella calcula que estará en Lamira después de las vacaciones de Semana Santa, o sea, la próxima semana.

Cuento los minutos que faltan para volver a estar con ella.

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"Lamira es un pequeño pueblo rodeado de infinitos campos de maíz y bosques de abedules y de arces, con casas y calles plantadas a los dos lados de una carretera que tal vez, en la más absoluta lejanía, sea capaz de unir dos mares. Es aquí donde decidí hacerme tendero."
Jean Stele,
el tendero de Lamira.


Contando las veces que yo mismo entro y salgo, que son muchas, hemos estado en el colmado de Lamira


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Tú eres Lamira
(5-3-07)


Una de nosotros
(27-11-06)


El valor de una sonrisa
(18-08-06)


La vida según el tendero de Lamira
(30-07-06)


La verdadera historia de Gertru Salomon
(17-07-06)



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