Saber vivir. O, mejor, saber convivir con mi ortodoncista y mi vecino el barbero.
Mi ortodoncista es una buena cliente y una mujer de fe. Suele comprar hilo de color azul turquesa y manzanas Red Delicious (las de Blancanieves).
Un día, hablando de las manzanas y de mi ortodoncia, le dije que se me estaban retirando las encías y me contestó que a ella se le había retirado la regla hacía tiempo y ni lo iba contando por ahí ni había hecho de ello una tragedia.

Mi vecino el barbero no es hombre de fe, y sólo entra en mi tienda para hojear las últimas revistas pornográficas, comprar el National Geographic y llevarse las revistas del corazón de la semana anterior que la tiranía de los distribuidores no me dejan devolver.
Le hago un buen descuento y él coloca algunas en su barbería y otras se las revende a mi ortodoncista.
En Lamira la vida es circular.
El barbero afirma que la barba aporta a los hombres un plus de masculinidad. Sobre todo las barbas que crecen naturales, sin grandes cuidados.
En Lamira, como en muchos pueblos del sur, trabajar y vivir parece incompatible. Ellos dicen que lo importante es saber vivir.
El Colmado de Lamira