Habrán observado que hay un contador de visitas en la columna de la derecha.
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El tenderito quiere decir a la derecha de ustedes; el de la izquierda es de pega; céntrense, por favor.
Lo puse para contabilizar las personas que entran en mi tienda. Pueden, si lo desean, comprobar que el número es muy elevado para el poco tiempo que tiene este blog. Es lógico.
Yo mismo entro y salgo con mucha frecuencia, unas veces para limpiar la entrada, pues los chiquillos tiran los envoltorios de los dulces al suelo, o barrer las hojas que el otoño tiene a bien depositar justo en mi puerta. Y otras veces para ver cómo va mi blog o para actualizarlo.
Esto me hace pensar que los contadores sólo cuentan las personas que entran a un blog, no las que salen, como estratégicamente titulo este artículo para ganar la curiosidad de los posibles lectores.
Por eso, todas las noches, después de cerrar y antes de subir a mi casa, me doy una vuelta por la tienda, mirando bien en todos los rincones para asegurarme de que no me he dejado a ningún cliente olvidado.
Esto me recuerda un cuento de Cortázar, en el que los empleados del metro contaban a los que entraban y a los que salían, y siempre faltaba gente. Las cuentas no cuadraban. Había gente que, cada día, desaparecía en el subterráneo sin que pudieran explicarse las causas.
Creo que eso no pasa en mi tienda. Aunque no podría asegurarlo, porque mi contador sólo cuenta a las personas que entran, no a las que salen.
Me gustaría recordar el título del cuento de Julio Cortázar.
El Colmado de Lamira
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