El alcalde se ha acercado a mi tienda después de los oficios religiosos del domingo. No es que el alcalde sea un hombre de fe, pero es consciente de que debe atender los compromisos de su cargo. Y los de su edad.
Ha mirado a derecha y a izquierda, comprobando que no había nadie cerca. Se ha aproximado mucho a mi oreja para asegurarse de que nadie oía lo que tenía que decirme:
- Tú sabes algo de lo de Claudina Górtimer, ¿verdad, tendero?
Me he apartado para mirarle a una distancia prudencial. No parece seria una conversación entre dos personas rozándose la nariz y con los ojos bizcos. Mi expresión de sorpresa pretendía parecerse a la de James Stewart en "Qué bello es vivir": cejas muy levantadas, ojos muy abiertos y boca en forma de o minúscula.
- ¿Qué me quiere decir, alcalde?
El alcalde ha vuelto a acercar su boca a mi oreja.
- Tú sabes que el boticario no ha sido el autor del crimen.
Y se ha separado para observar mi rostro. Yo he titubeado un breve instante porque me ha despistado la idea de regalarle un buen colutorio bucal.
- ¿Y por qué iba a ser el boticario?
- Tuvieron una buena bronca en tu tienda hace unos días, ¿no?
- ¡Oh, no! Fue algo sin importancia sobre una crema hidratante... ¿Y por qué no pudo ser el boticario?
El alcalde ha guiñado un ojo, no sé si en un gesto cómplice o por un tic tan propio de la gente de edad.
- La policía sospecha de un crimen pasional - he dicho impulsivamente para apartar su mirada de mis dientes.
- Yo creo más bien que se trata de una venganza. Pronto se descubrirá la verdad, tendero. Muy pronto.

Y mientras el alcalde salía de la tienda, al tenderito le empezó a temblar la pierna izquierda.

- ¡Ah! -ha añadido el alcalde asomando la cabeza y señalando la videocámara de seguridad-, el jefe de policía te pedirá la cinta.
Andes de cerrar la puerta tras de sí, me ha echado una amplia sonrisa mostrándome su blanquísima dentadura postiza. Demasiado grande, para mi gusto, la dentadura postiza del alcalde.

El alcalde tiene su propia teoría sobre el crimen, pero no quiere compartirla con nadie. Y menos con el tenderito.