La Coctelera

El Colmado de Lamira

4 Abril 2006

Las personas de bien no sabemos asesinar.

He estado revisando las cintas de la videocámara de seguridad. En ellas puede verse a mis clientes mirando los productos, sopesando los melones, comparando precios, robando chicles y hojeando las revistas pornográficas.

Y ojeándolas.


Pero yo andaba buscando imágenes del boticario y la ortodoncista Claudina Górtimer, recién asesinada hace unos días, y del reverendo Sincler y la señorita Laurenne. Sé que circulan rumores por el pueblo que me relacionan con el crimen. Dicen que yo odiaba a Claudina porque no ponía interés en corregir mi maloclusión.
Y es verdad que ella no ponía ningún interés. Pero es falso que yo la odiara. No me caía bien porque, además, no era una buena cliente. Me hacía perder demasiado tiempo enseñándole los hilos de colores para, finalmente, decidirse por el primero que le había mostrado. O por ninguno, y se iba con las manos vacías después de haber pasado la tarde en mi tienda, consumiendo mi calefacción y mi paciencia.

Pero el tenderito no la odiaba. Su plan fracasó al final porque la ortodoncista no tenía que haber muerto. De hecho, el tenderito tenía que haberla salvado del boticario en el último instante. Y ella, agradecida, se ponía con celeridad a trabajar sobre sus dientes. Ese era el plan.

Pero alguien decidió darle tres puñaladas. Mortal, lo que se dice mortal, sólo la segunda. Y ahora el jefe de policía vendrá a pedirme las cintas de mi videocámara de seguridad para encontrar alguna pista.
Hay imágenes en las que puede verse que no había tal rivalidad entre Claudina Górtimer y el boticario, lo cual aleja a éste definitivamente del móvil del crimen, además de que el modus operandi no es el habitual en él.
Y me acerca a mí como sospechoso, pues tenía motivos para asesinarla. Además, al borrar las escenas del reverendo Sincler posando su mano más abajo de la escultural espalda de la señorita Laurenne, la más linda del Deliberately, descubrirán que faltan minutos en las cintas de la videocámara. Y, por si fuera poco, el crimen fue tan chapucero que no me extraña que me lo atribuyan.
Porque un hombre de bien, como yo, no sabe asesinar.

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"Lamira es un pequeño pueblo rodeado de infinitos campos de maíz y bosques de abedules y de arces, con casas y calles plantadas a los dos lados de una carretera que tal vez, en la más absoluta lejanía, sea capaz de unir dos mares. Es aquí donde decidí hacerme tendero."
Jean Stele,
el tendero de Lamira.


Contando las veces que yo mismo entro y salgo, que son muchas, hemos estado en el colmado de Lamira


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