La Coctelera

El Colmado de Lamira

26 Abril 2006

Hay que ser simpático hasta con los asesinos.

He estado nervioso todo el día. En realidad lo estoy desde que descubrí quién fue el asesino de la ortodoncista señorita Claudina Górtimer. Enfrascado en buscar el móvil del crimen me olvidé de la coartada. Y, naturalmente, todos los ciudadanos de Lamira tenían una coartada perfecta entre las siete y las ocho de la tarde del sábado en que fue apuñalada en su mansión.
Aquel sábado, Claudina Górtimer no me llamó por teléfono para hacer la compra semanal, como era su costumbre. El día anterior había comentado que pensaba pasar todo el fin de semana haciendo sudokus.
Los cuatrillizos Sincler la vieron sobre las 16.30 arreglando el seto de acceso a su mansión. Los hijos del reverendo suelen sentarse a la entrada del camino que conduce a la iglesia para dejar que su padre se concentre en el sermón que pronunciará al final de la tarde. Allí los cuatro jóvenes conversan sobre las cosas normales en los muchachos de su edad, hasta más o menos las 17.30, en que vuelven a la iglesia para ir recibiendo a los feligreses. No vieron entrar a nadie en la casa de la ortodoncista.
Mientras tanto, viendo yo que la señorita Górtimer no había venido a recoger la compra que yo le había preparado, envié al mozo para que se la llevara y, de paso, se interesara por su salud. El mozo regresó sobre las 18.50 horas sin entregar los paquetes, pues nadie le abrió la puerta.
Resumiendo: a las cuatro y media de la tarde, Claudina Górtimer estaba fresca como las rosas de su jardín y al menos hasta las cinco y media nadie accedió a la casa. A las siete menos diez, ya no abrió la puerta.

El tenderito tiene la coartada del asesino, pero le falta el móvil del crimen.

Lo que peor llevo desde mi descubrimiento es que tengo que seguir atendiéndole con la disposición habitual y con la misma amabilidad que me caracteriza. Porque en mi negocio hay que ser simpático hasta con los asesinos.
Incluso le atendería con una sonrisa si a la señorita Górtimer le hubiera dado tiempo de arreglarme la boca.

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"Lamira es un pequeño pueblo rodeado de infinitos campos de maíz y bosques de abedules y de arces, con casas y calles plantadas a los dos lados de una carretera que tal vez, en la más absoluta lejanía, sea capaz de unir dos mares. Es aquí donde decidí hacerme tendero."
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