Hay un testigo del asesinato de Claudina Górtimer.
Cada vez que el asesino entra a comprar pan de molde, leche de almendras o fruta, tengo que poner mi sonrisa habitual (tan limitada por culpa de la señorita Górtimer, la asesinada). Lo hago en primer lugar porque es mi obligación, pues como dije hace unos días, en un negocio como el mío hay que ser simpático hasta con los asesinos.
Pero también lo hago para que no descubra que sé que fue él quien asesinó a la ortodoncista. Llegué a ese convencimiento cuando dejé de preocuparme por el móvil del crimen para centrarme en la coartada: En el hecho de que todos, absolutamente todos, teníamos coartadas irrefutables entre las siete y las ocho de la tarde.
Me saluda con la cordialidad de siempre, con ese gesto sencillo y discreto del asesino primerizo que sin duda es él. Yo le cobro y cuando le doy el cambio le miro fijamente a los ojos para que se dé cuenta de que no evito su mirada.
Esta tarde ha entrado como de costumbre y apenas ha cruzado un par de frases conmigo, relacionadas con el tiempo tan raro que está haciendo y lo malo que es para las articulaciones. Me ha mirado como si quisiera introducirse en mi cerebro para ver lo que yo sé.
Detrás de él estaba uno de los cuatrillizos Sincler, los hijos del reverendo.
Quizás fuera Samuel, que es el más extraño de los cuatro, según su madre, porque le gusta dibujar el paisaje que rodea Lamira y sus atardeceres sobre los campos de maíz. Sí, debía ser Samuel porque ha comprado una caja de lápices de colores y un cuaderno de dibujo.
Mientras me pagaba, me ha mirado fijamente a los ojos y, con la extraña y misteriosa sobriedad que siempre acompaña a este chico, me ha dicho:
- Tú también lo sabes, ¿verdad, tendero?
Me he quedado estupefacto. Quizás el joven Samuel Sincler no volvió a su casa a las 17.30, sino que se quedó dibujando la mansión Górtimer al caer la tarde y vio entrar y salir al asesino.
El tenderito ha comprendido su mirada cómplice, pero le ha estremecido comprobar que en ella no había angustia, sino la frialdad retadora de quien tiene la facultad de ver más de lo que se puede y se debe ver.
- ¿Fue él? -le he preguntado para confirmar finalmente mis sospechas. El joven Sincler ha asentido con la cabeza. - ¿Lo viste con tus ojos?
El hijo del reverendo ha tomado los cambios y se ha marchado con su cuaderno de dibujo y su caja de lápices de colores, dejando al tenderito con la boca abierta y con su pierna izquierda temblando de nervios o de miedo.
El Colmado de Lamira