Nuestra querida heredera se llama Gertrudis Salomon. Esta tarde ha entrado en la tienda, muy elegantemente vestida, y tras saludarme con mucha educación me ha colocado sobre el mostrador un papel con una extensa lista de productos que necesitaba.
- Le agradecería que me lo fuera preparando todo y más tarde vendré a recogerlo.
Yo le he insistido en que no era preciso que volviera, puesto que podemos llevárselo a su casa.
Sé que en el pueblo hay quien la mira mal, creen algunos que es la autora del asesinato de Claudina Górtimer y, encima, ahora está viviendo en su casa.
En la negativa de las hermanas Delacroix a terminar de limpiar la mansión Górtimer no sé si pesó más el hecho de que la heredera fuera negra, criada o asesina, aunque la verdad es que sólo abandonaron su trabajo cuando vieron que la heredera era de color.
Yo sé que ella no es la asesina porque he descubierto al verdadero autor del crimen, y el extraño joven Samuel Sincler me lo corroboró hace un par de días, ya que él lo vio entrar y salir de la casa de la ortodoncista.
Por mi parte, yo voy a hacer todo lo posible para que la señorita Salomon se encuentre a gusto en nuestro pueblo, y que compruebe que aquí no hay discriminación de ningún tipo, y menos por razones de origen social o de raza.

La extensa lista de la compra le hace presagiar al tenderito que la rica heredera va a ser mucho mejor cliente que Claudina Górtimer.

Pero voy a tener que ir dejándole pistas al jefe de policía acerca del crimen de la ortodoncista, porque, aunque es mi obligación atender a todos los clientes por igual, me resulta especialmente molesto tener que hacerlo a un asesino que anda suelto y sin dar muestras de arrepentimiento.