La verdadera historia de Gertru Salomon.2. Sonrisas y lágrimas.
El doctor Górtimer no entendía que su hija quisiera estudiar odontología y ortodoncia. Él, que era un prestigioso cirujano, decía que no era lo mismo abrir un buen tórax (dejar el corazón sobre una bandeja de acero inoxidable y ver cómo late sobre ella, a medio metro del cuerpo que lo albergaba y saberse dueño y señor de la vida de ese desdichado), que abrir una boca mugrienta y sacar una muela podrida. Por entonces la higiene bucal no era la de hoy en día.
Admirado de la buena relación existente entre su hija y la criada de color, ignorante del verdadero sentido de esa buena relación, el doctor Górtimer quiso que Gertru convenciera a Claudina para que estudiara neurocirugía o abogacía, es decir, algo que proporcionara grandes ingresos. Sí, eran otros tiempos.
Pero a Claudina Górtimer le habían enamorado los dientes blancos y perfectos de su asistenta y amiga secreta Gertru Salomon. Parecía como si su voluntad fuera que todos tuvieran la misma boca de su amada, para poder ver su sonrisa limpia a cada paso que diera.
Ignoraba la joven Górtimer que la sonrisa está también en la mirada.
Se instalaron las dos en el apartamento que el doctor había adquirido en la ciudad. El mismo donde vivirían su historia de amor durante casi cincuenta años. Claudina asistía a las clases de odontología y ortodoncia mientras Gertru se encargaba de la casa y la obligaba a hincar los codos. Por aquellos años, entre aquellas cuatro paredes, se sentían las mujeres más felices del Universo.
Sin embargo, no fue, ni mucho menos, un camino de rosas para ninguna de las dos. Especialmente para Gertru Salomon, porque las miradas y las sonrisas pueden limpiar sentimientos, pero sólo ellas no pueden cambiar las estructuras íntimas que conforman la personalidad más profunda de nuestros corazones.
Y Claudina Górtimer seguía siendo, a pesar de todo, una persona muy antipática llena de rarezas y de dolorosa altivez.

