La señorita Salomon me ofrece un impresionante trozo de su impresionante tarta de queso y frambuesas. Se sienta frente a mí y, apoyando la barbilla sobre su mano derecha, reflexiona en voz alta:

- Cuando se es feliz el tiempo pasa tan deprisa.

Hace tres años -sólo tres años-, Claudina Górtimer decidió regresar a Lamira, lugar al que nunca antes habían vuelto desde que partieron siendo dos jovencitas.

No era la primera vez que había alguna discusión entre ellas. En más de una ocasión, Gertru había hecho su maleta y se había ido de la casa, tomado un taxi, acercado a la estación de autobuses, y vuelto al hogar y al abrazo de Claudina.

Pero hace tres años fue la definitiva. Aquella discusión les pilló ya demasiado mayores, sin ganas de aportar nada nuevo, sino todo lo contrario: desenterrando el rencor y los reproches acumulados durante tanto tiempo.

La señorita Górtimer, que no había ejercido jamás la odontología, dijo sentirse fracasada, que su vida había estado siempre hueca, protegiéndose de habladurías, reprimiendo su propio crecimiento social por mantener una relación doblemente prohibida, sexual y racialmente, sin recibir a cambio nada más que una incomprensible sumisión.

La señorita Salomon tampoco se quedó muda, y soltó en una sola frase, sin puntos ni comas ni pausas, todas las humillaciones y desplantes que había padecido desde el primer momento, cuando tenían doce años. Y supo decirle todos y cada uno de los días que había permanecido bajo la lluvia, a la puerta de un restaurante, mientras la señorita Górtimer comía con pausa y degustaba un sabroso vino francés.

No hay nada más doloroso que los puñales lanzados desde los reproches. Sobre todo cuando los reproches se han ido acumulando en silencio durante décadas.

Claudina Górtimer decidió instalarse como ortodoncista en su pueblo natal, dejando a Gertru el apartamento de la ciudad en el que había vivido más de cuarenta años.
Se llamaron alguna vez por teléfono, pero no volvieron a verse en persona nunca más.
Gertru se levanta de su silla para servirse una copita de jerez dulce bastante generosa.

- Quién iba a decirle a la pobre que iba a morir a manos de un apuesto pretendiente que ignoraba, el muy imbécil, que Claudina estaba enamorada de una vieja negra y gorda.

Se sienta nuevamente frente a mí, y me mira inquiriendo una opinión. Pero yo no soy quién para opinar de los amores de los demás, y sólo se me ocurre una pregunta.

- ¿Por qué, si seguían amándose, no volvieron a verse nunca más?

Gertru asiente con la cabeza. Termina de un trago su copa y se suena la nariz.

- No puedes imaginarte, tendero, lo despacio que pasa el tiempo para una persona desgraciada.