El silencio.
El viejo Aldo se murió la noche del domingo. Esta tarde, ya casi anocheciendo, un pequeño puñado de amigos hemos esparcido sus cenizas en la carretera frente a la gasolinera que tantos años regentó, para que los camiones las lleven a cada rincón del país.
Aldo fue un buen hombre. Su muerte ha afectado especialmente a Salma. Ya saben que durante mucho tiempo Salma se hizo cargo del restaurante que está junto a la gasolinera. Fueron muchas horas las que compartió con el viejo Aldo contemplando el horizonte y viendo los camiones pasar de largo. Para Salma es como si se le hubiera muerto un abuelo.

La señorita Salomon nos ha dicho a Salma y a mí que hace demasiados días que no vamos por el hotel a merendar, y Salma le ha respondido que ella tampoco se acerca por su cafetería. Las dos han sonreído echándole la culpa al exceso de trabajo. Gertru nos ha ofrecido llevarnos a casa en su furgoneta, pero hemos preferido caminar por el arcén de la carretera.
- Mañana iré a merendar a tu casa, te lo prometo -le he dicho al despedirme sin estar muy seguro de si podré cumplir la promesa.
A los pocos metros de la gasolinera hemos visto sentados en el borde de los maizales a los hermanos Boston, como animales heridos. Nos han saludado con la mano, seguramente porque sus voces estaban rotas. Desde que Aldo enfermó, los hermanos Boston dejaron de ser lo que fueron.
Mientras Salma y yo caminábamos abrazados he notado temblar su cuerpo, y aunque la tarde ya estaba fresquita, he comprendido que no era frío sino estremecimiento.
No he sabido qué decir ni qué hacer, salvo abrazarla más fuerte, convencido de que en estos casos el mejor consuelo es el silencio.


El Colmado de Lamira
mitchell dijo
A veces basta con una mirada comprensiva. Una pena lo de Aldo, pero la muerte es parte de la vida.
Saludos
7 Noviembre 2007 | 11:21 PM