Una terrible tragedia en la vieja carpintería.
Ayer por la tarde, los hermanos Boston entraron en la tienda gritando desaforados:
- ¡La carpintería está ardiendo! ¡Hay fuego en la vieja carpintería!
Antes de que mi pierna izquierda comenzara a temblar, pude activar la alarma que pone en marcha el plan de protección civil que avisa a los bomberos voluntarios para que dejen sus quehaceres y se pongan en acción.
Los hermanos Boston solían gastar este tipo de bromas en muchas ocasiones, y a pesar de ello el plan siempre era activado. Las fechorías de los muchachos nos servían para estar siempre entrenados.
Sin embargo, desde la muerte de Aldo, los Boston ya no son tan vándalos. Incluso algún día se acercan por la escuela secundaria y... a veces entran en la clase.
Pero esta vez yo sabía que no era una gamberrada.
Cuando el camión de bomberos pasó por la puerta del colmado pude subirme casi en marcha, a pesar de que mi pierna izquierda ya se había puesto a temblar.
La viuda O'Connell, cuya casa está un poco más abajo de la carpintería, había visto el fuego cuando salió a regar sus plantas. Lo mismo le ocurrió a Gertru, cuyo hotel está un poco más arriba. Los hermanos Boston bajaban del bosque donde estuvieron cazando liebres.
- ¡Corred, avisad al tendero! -les gritó Gertru mientras corría con una manguera a ayudar a la viuda O'Connell, que ya estaba echando agua a las llamas. Y los muchachos, abandonando su caza en la cuneta, salieron disparados sintiendo en sus zancadas el empuje de la responsabilidad recién adquirida.
Cuando llegamos al lugar nos dimos cuenta de que lo único que ya podíamos hacer era dejar que las llamas acabaran su labor. El fuego había arrasado en pocos minutos la vieja carpintería convertida en el estudio del gran pintor Iván Opalinski. Sin embargo, aún nos dedicamos varias horas a apagar los rescoldos.
Cuando por fin terminamos, contemplé los rostros desolados de Gertru, de la viuda O'Connell, de Cinthya Graves, de la familia Sincler... Y de todos los voluntarios. Allí estaban también las hermanas Delacroix, despeinadas, sudorosas, con los rostros manchados de hollín, y agotadas.
Y pude ver sentado sobre la tierra a Opalinski, tiznado desde la cabeza hasta los pies, abrazado a lo que quedaba de uno de los retratos, llorando desesperado como si aquel pedazo de lienzo chamuscado fuera su propio hijo. Tal vez así lo sentía.
Y yo no supe hacer otra cosa que sentarme a su lado, abrazarle, y llorar con él.
Hoy, todavía el olor a gasolina sigue adherido a mi olfato.


El Colmado de Lamira
mitchell dijo
Esto no ha sido un accidente, estoy completamente seguro.
Saludos
12 Diciembre 2007 | 11:10 PM