Trenes de ida y vuelta.
Salma me preguntó qué me pasaba, y yo no supe responderle. Decidió tomarse un tiempo. Eso quiere decir que se marchó con sus padres, que tienen una tienda de souvenirs en la costa este.
Me encontré solo en el colmado y con la cafetería de Salma llena de una clientela exigente.
Me subí al tren. Cuando abrí los ojos estaba frente al mar, en la costa oeste.
Me pregunté qué me impedía volver a empezar. Me pregunté si alguna vez habían existido Gertru Salomon, Samuel Sincler, Iván Opalinski... Si alguna vez Salma -la criatura más dulce del universo- había entrado en mi corazón.
Me pregunté si había existido mi colmado en Lamira. Tal vez incluso Lucas era producto de mi imaginación.
¿Qué podía hacer frente al horizonte infinito, ante el futuro incierto?
Pensé en Lamira. Ese pequeño pueblecito del interior, alejado de todo, en el que la gente sólo quiere vivir y dejar vivir. Con placidez. Un aburrido lugar donde los días y las noches transcurren con la más absoluta tranquilidad, asesinatos aparte. Ese lugar donde la actividad más estresante consiste en regar los jardines al atardecer.
Los trenes son de ida y vuelta. Decidí regresar. El vaivén de las olas del mar me hipnotizan, pero sé que mi sitio está en Lamira.
Aunque aquí ya sólo me espere la soledad.



mitchell dijo
En esta vida nos hace falta todo, la soledad, la compañía, la realidad y la imaginación, están allí a tu alcance para cuando los necesites.
Saludos
23 Marzo 2008 | 07:02 PM