¡Todo el mundo sabe croata menos yo!
Salma solía reprocharme mi baja autoestima. Me decía que valía más de lo que yo pensaba.
Me recordaba el cariño con el que me trataban mis clientes y mis proveedores. Afirmaba que me había convertido en una persona imprescindible para esta comunidad.
Nunca le dio importancia a los hirientes comentarios de las hermanas Delacroix, y me refrescaba la memoria recordando la maravillosa amistad que pude entablar con Samuel Sincler, al que echo de menos como nadie puede imaginar.
No alcanzo a apreciar el grado de sinceridad de todas aquellas palabras de Salma. Lo que sí sé es que nunca le confesé que mi prognatismo me viene acomplejando de manera casi insoportable desde que tenía diecisiete años. Jamás le dije que cada día era para mí un enorme suplicio no poder ofrecer a mis clientes la sonrisa que sin duda merecían.
Y, sin embargo, ella -la más dulce, la más hermosa, la más deseada de toda la región-, sabía besar mi boca deforme de los Habsburgo como probablemente ninguna mujer besa a un hombre. Y entonces yo pisaba el cielo.
Ahora, con Salma tan lejos y ya con nuestra relación tan sin ningún futuro, vuelvo a caer en el pozo de la autolástima: ¡Todo el mundo sabe croata menos yo!
Gertru sabe croata. Ella dice que fue espía -ignoro de qué bando- en la Yugoslavia del mariscal Tito. Mi amigo Lucas sabe croata, vaya usted a saber si no fue también espía en la guerra de los Balcanes... El señor Varalica sabe croata, aunque esto es más normal, puesto que nació en Croacia.
¿Dónde quedo yo?
Ayer por la tarde pude ver en el porche principal al señor Varalica conversando amistosamente con nuestro boticario. Sí señor, este boticario nuestro de oscuro pasado, expresidiario, que se enfrentó con Claudina Górtimer por unos codos deshidratados... ¿Recuerdan?
A ver si va a resultar que el boticario también sabe croata.
El Colmado de Lamira