La Coctelera

El Colmado de Lamira

12 Febrero 2009

Conversaciones pendientes.

A raíz de la terrible tragedia de Eluana Englaro (esa muchacha italiana que, tras diecisiete años en coma irreversible, ha podido por fin descansar en paz), he recordado que tenía una conversación pendiente con el boticario de Lamira.

Quien haya ido leyendo este blog, sabrá que somos dos personas -el boticario y yo- que no congeniamos. Ha habido siempre entre su negocio y el mío una especie de tierra de nadie que, en realidad, ocupábamos los dos. Si él vendía en su botica alimentos infantiles, dentífricos y quitaesmaltes, yo me consideraba con derecho a vender tisanas, cremas hidratantes para pies resecos o complejos vitamínicos. En un centenar de tiras y aflojas que se materializaban en reproches, decidimos, si no retirarnos el saludo, al menos mantenernos afectivamente algo más que distantes. O sea, que no nos hablábamos.

Siempre supe que el boticario de Lamira había pasado un par de veces por la cárcel antes de que yo me instalara en este pueblo. Oí que había cometido unos crímenes horrendos y que no había purgado suficientemente sus culpas. Desde el primer momento tuve mis dudas, pues de la misma manera que era atacado sin compasión por unos, era discretamente defendido por otros. Y sabido es que la discreción y la prudencia siempre tienen más razones que la vehemencia.

Dentro de la meliflua imparcialidad y equidistancia que debe caracterizar a todo tendero, y a pesar de mi desafecto por el boticario, decidí apuntarme al bando de la prudencia, con la intranquilizadora esperanza de que, tal vez, aquellos horrendos crímenes no fueron tales. Porque a nadie le gusta convivir con asesinos.

El caso de la señora Varalica despertó mi curiosidad acerca de esos supuestos delitos del boticario de Lamira. En las semanas que estuve alojado en el hotel Górtimer, mano sobre mano por la falta de trabajo, investigué algo en la hemeroteca de nuestra biblioteca pública. No tardé en encontrar lo que buscaba.

En los pequeños pueblos puede pasar inadvertido hasta lo que está más a la luz y a la vista de todos, y a la vez oculto tras la desmemoria voluntariamente asumida por cada uno de sus vecinos. Pero las hemerotecas sacan de debajo de las alfombras todo cuanto se ha ido acumulando a lo largo de los años. Basta con levantarlas.

No sé a cuántas personas ayudó a morir el boticario de Lamira. Sí sé que estuvo en la cárcel por dos de ellas. También sé que la última vez que lo hizo fue hace unos meses, con la señora Varalica. Y sé que lo volverá a hacer cada vez que se encuentre con una persona que llame a su puerta desesperada, desahuciada, aterrorizada por el dolor infinito con que la cruel enfermedad puede castigarla durante meses, durante años... sin otro futuro que el sufrimiento indescriptible. El sufrimiento insoportable que reclama a gritos no la tregua de unas alucinaciones, sino la paz. La paz definitiva. La paz eterna.

Tengo una conversación pendiente con el boticario de Lamira.

servido por El tendero de Lamira 3 comentarios compártelo

3 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Mariana la aldeana

Mariana la aldeana dijo

¿Me harías el favor de presentar mis respetos al sr.. boticario?Te lo agradecería de corazón.

Gracias adelantadas.

Y un beso, claro que sí.

12 Febrero 2009 | 09:39 PM

Lucas

Lucas dijo

Ahora solo falta que el boticario este sea apellido Kevorkian...

19 Febrero 2009 | 04:45 AM

El tendero de Lamira

El tendero de Lamira dijo

Debo reconocer que mis simpatías hacia el boticario de Lamira han cambiado. Otra cosa es que cambien nuestras relaciones personales.

Independientemente de la polémica que puede presentar el tema de la eutanasia, me merece mucho respeto (tal vez admiración) una persona que se juega su libertad ayudando a otros a evitar el sufrimiento en el trance final.

Lucas menciona a Kevorkian, el llamado "Doctor Muerte". No creo que sea el apellido del boticario, aunque todo podría ser en Lamira... Kevorkian dijo el año pasado en una conferencia en la Universidad de Florida: "Mi objetivo no era causar la muerte de un paciente. Sería una locura. Mi objetivo era poner fin al sufrimiento". Sin ninguna duda, ese era también el objetivo de nuestro boticario.

Jack Kevorkian fue el inventor de la llamada "máquina de la muerte", que permitía a los enfermos terminales autoadministrarse sustancias químicas letales. El lema de Kevorkian es "morir no es un crimen".

La muerte forma parte misma de la vida. El derecho que asiste a las personas a vivir, y a vivir con dignidad, es el mismo para morir. Desde mi punto de vista, si nadie tiene derecho a inmiscuirse en nuestra vida, ¿por qué hacerlo en nuestra muerte?

20 Febrero 2009 | 09:57 AM

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Jean Stele,
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