Conversaciones pendientes.
A raíz de la terrible tragedia de Eluana Englaro (esa muchacha italiana que, tras diecisiete años en coma irreversible, ha podido por fin descansar en paz), he recordado que tenía una conversación pendiente con el boticario de Lamira.
Quien haya ido leyendo este blog, sabrá que somos dos personas -el boticario y yo- que no congeniamos. Ha habido siempre entre su negocio y el mío una especie de tierra de nadie que, en realidad, ocupábamos los dos. Si él vendía en su botica alimentos infantiles, dentífricos y quitaesmaltes, yo me consideraba con derecho a vender tisanas, cremas hidratantes para pies resecos o complejos vitamínicos. En un centenar de tiras y aflojas que se materializaban en reproches, decidimos, si no retirarnos el saludo, al menos mantenernos afectivamente algo más que distantes. O sea, que no nos hablábamos.
Siempre supe que el boticario de Lamira había pasado un par de veces por la cárcel antes de que yo me instalara en este pueblo. Oí que había cometido unos crímenes horrendos y que no había purgado suficientemente sus culpas. Desde el primer momento tuve mis dudas, pues de la misma manera que era atacado sin compasión por unos, era discretamente defendido por otros. Y sabido es que la discreción y la prudencia siempre tienen más razones que la vehemencia.
Dentro de la meliflua imparcialidad y equidistancia que debe caracterizar a todo tendero, y a pesar de mi desafecto por el boticario, decidí apuntarme al bando de la prudencia, con la intranquilizadora esperanza de que, tal vez, aquellos horrendos crímenes no fueron tales. Porque a nadie le gusta convivir con asesinos.
El caso de la señora Varalica despertó mi curiosidad acerca de esos supuestos delitos del boticario de Lamira. En las semanas que estuve alojado en el hotel Górtimer, mano sobre mano por la falta de trabajo, investigué algo en la hemeroteca de nuestra biblioteca pública. No tardé en encontrar lo que buscaba.
En los pequeños pueblos puede pasar inadvertido hasta lo que está más a la luz y a la vista de todos, y a la vez oculto tras la desmemoria voluntariamente asumida por cada uno de sus vecinos. Pero las hemerotecas sacan de debajo de las alfombras todo cuanto se ha ido acumulando a lo largo de los años. Basta con levantarlas.
No sé a cuántas personas ayudó a morir el boticario de Lamira. Sí sé que estuvo en la cárcel por dos de ellas. También sé que la última vez que lo hizo fue hace unos meses, con la señora Varalica. Y sé que lo volverá a hacer cada vez que se encuentre con una persona que llame a su puerta desesperada, desahuciada, aterrorizada por el dolor infinito con que la cruel enfermedad puede castigarla durante meses, durante años... sin otro futuro que el sufrimiento indescriptible. El sufrimiento insoportable que reclama a gritos no la tregua de unas alucinaciones, sino la paz. La paz definitiva. La paz eterna.
Tengo una conversación pendiente con el boticario de Lamira.




Mariana la aldeana dijo
¿Me harías el favor de presentar mis respetos al sr.. boticario?Te lo agradecería de corazón.
Gracias adelantadas.
Y un beso, claro que sí.
12 Febrero 2009 | 09:39 PM