Y aunque nadie es imprescindible.
No he podido ir al entierro del padre de Salma. No sé si ella lo ha comprendido o, simplemente, estaba muy agotada para reprochármelo.
No es que me considere imprescindible, nadie en el mundo lo es. Mis convecinos de Lamira han sobrevivido perfectamente durante mis meses de ausencia.
Ni Lamira ni el colmado son ya lo que fueron. Por entonces, yo podÃa contar con Samuel Sincler para hacerse cargo de la tienda durante una temporada. De hecho, el joven hijo del reverendo supo mantener a flote el negocio -e incluso hacerlo crecer- durante aquellas semanas que, lleno de agobio, huà hacia el oeste buscando el mar. El colmado tenÃa varios empleados que se consideraban parte de él. Yo sabÃa que a mi vuelta todo estarÃa en perfecto estado y que incluso mis clientes no habrÃan llegado a notar mi ausencia.
Sin embargo, el actual colmado es muy pequeñito, y estoy yo solo para atenderlo. Ir al entierro de mi suegro -o tener que realizar alguna gestión con el departamento estatal de sanidad, o con hacienda, o pillar una gripe- supone que tengo que cerrar la tienda y, por tanto, dejar a mis clientes, otra vez, sin lugar donde comprar una barra de pan o una lata de tomate frito.
Tampoco serÃa la primera vez que abandonara por unos dÃas el colmado. En esta ocasión no he querido implicar a la joven Melinda, la florista. Ella se habrÃa hecho cargo de la tienda gustosamente durante un par de dÃas, pero a pesar de que tenemos largas conversaciones cada tarde y de que nos conocemos desde hace ya más de dos años, no tengo la suficiente confianza para pedirle que me sustituya.
Por otra parte, la señorita Salomon, que fue la primera en la que pensé, está algo delicada con esto de la astenia primaveral y, además, ahora tiene un grupo de clientes alojados en su hotel. Son unos ingenieros que están haciendo unos estudios para enderezar la carretera del norte, que en algunos tramos es más sinuosa que las intenciones de las hermanas Delacroix.
Llegué a pensar en el reverendo MatÃas Sincler. El pobre hombre todavÃa está apesadumbrado por lo que hicieron sus hijos, los hermanos de Samuel, y se sigue sintiendo culpable y en deuda. Yo considero que todo aquel asunto está más que olvidado, al menos por mi parte.
Deseché rápidamente la idea de pedirle que atendiera a mis clientes. Estoy convencido de que lo primero que harÃa el buen predicador serÃa retirar los preservativos y, junto con las revistas pornográficas, quemarlos en una hoguera pública, a la puerta del colmado, entre admoniciones bÃblicas.
El reverendo MatÃas Sincler me tendrÃa más aprecio si yo limitara voluntariamente mi libertad comercial.
Y aunque nadie es imprescindible, el caso es que no he ido al entierro del padre de Salma. Y no sé si ella me lo podrá perdonar.
Porque es verdad que nadie es imprescindible.
Tampoco en el corazón de Salma.


El Colmado de Lamira
Mariana la Aldeana dijo
Claro que nadie es imprescindible, pero podÃas haber ido al entierro, y ya no sólo por el dragón sino por Salma, que asà la vas a perder y ya te dido que se le´cha de menos.
Un beso y ponte las pilas, que sino te quedas sin semejante peazo de mujer.
28 Marzo 2009 | 07:00 PM