La Coctelera

El Colmado de Lamira

27 Marzo 2009

Y aunque nadie es imprescindible.

No he podido ir al entierro del padre de Salma. No sé si ella lo ha comprendido o, simplemente, estaba muy agotada para reprochármelo.

No es que me considere imprescindible, nadie en el mundo lo es. Mis convecinos de Lamira han sobrevivido perfectamente durante mis meses de ausencia.

Ni Lamira ni el colmado son ya lo que fueron. Por entonces, yo podía contar con Samuel Sincler para hacerse cargo de la tienda durante una temporada. De hecho, el joven hijo del reverendo supo mantener a flote el negocio -e incluso hacerlo crecer- durante aquellas semanas que, lleno de agobio,  huí hacia el oeste buscando el mar. El colmado tenía varios empleados que se consideraban parte de él. Yo sabía que a mi vuelta todo estaría en perfecto estado y que incluso mis clientes no habrían llegado a notar mi ausencia.

Sin embargo, el actual colmado es muy pequeñito, y estoy yo solo para atenderlo. Ir al entierro de mi suegro -o tener que realizar alguna gestión con el departamento estatal de sanidad, o con hacienda, o pillar una gripe- supone que tengo que cerrar la tienda y, por tanto, dejar a mis clientes, otra vez, sin lugar donde comprar una barra de pan o una lata de tomate frito.

Tampoco sería la primera vez que abandonara por unos días el colmado. En esta ocasión no he querido implicar a la joven Melinda, la florista. Ella se habría hecho cargo de la tienda gustosamente durante un par de días, pero a pesar de que tenemos largas conversaciones cada tarde y de que nos conocemos desde hace ya más de dos años, no tengo la suficiente confianza para pedirle que me sustituya.

Por otra parte, la señorita Salomon, que  fue la primera en la que pensé, está algo delicada con esto de la astenia primaveral y, además, ahora tiene un grupo de clientes alojados en su hotel. Son unos ingenieros que están haciendo unos estudios para enderezar la carretera del norte, que en algunos tramos es más sinuosa que las intenciones de las hermanas Delacroix.

Llegué a pensar en el reverendo Matías Sincler. El pobre hombre todavía está apesadumbrado por lo que hicieron sus hijos, los hermanos de Samuel, y se sigue sintiendo culpable y en deuda. Yo considero que todo aquel asunto está más que olvidado, al menos por mi parte.

Deseché rápidamente la idea de pedirle que atendiera a mis clientes. Estoy convencido de que lo primero que haría el buen predicador sería retirar los preservativos y, junto con las revistas pornográficas, quemarlos en una hoguera pública, a la puerta del colmado, entre admoniciones bíblicas.

El reverendo Matías Sincler me tendría más aprecio si yo limitara voluntariamente mi libertad comercial.

Y aunque nadie es imprescindible, el caso es que no he ido al entierro del padre de Salma. Y no sé si ella me lo podrá perdonar.

Porque es verdad que nadie es imprescindible.

Tampoco en el corazón de Salma.

servido por El tendero de Lamira 2 comentarios compártelo

2 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Mariana la Aldeana

Mariana la Aldeana dijo

Claro que nadie es imprescindible, pero podías haber ido al entierro, y ya no sólo por el dragón sino por Salma, que así la vas a perder y ya te dido que se le´cha de menos.

Un beso y ponte las pilas, que sino te quedas sin semejante peazo de mujer.

28 Marzo 2009 | 07:00 PM

Lucas

Lucas dijo

Ay tendero...

vas a perder por completo a esa mujer...

No puedo creer que te importen mas tus clientes que el amor de Salma.

28 Marzo 2009 | 10:04 PM

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"Lamira es un pequeño pueblo rodeado de infinitos campos de maíz y bosques de abedules y de arces, con casas y calles plantadas a los dos lados de una carretera que tal vez, en la más absoluta lejanía, sea capaz de unir dos mares. Es aquí donde decidí hacerme tendero."
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