Por qué queremos tanto a Gertru.
La señorita Salomon me ha dicho que no entiende que pretenda alojar a la madre de Salma en el pequeño apartamento que está sobre la tienda.
Yo le he respondido que mi suegra ocupará nuestro dormitorio y que Salma y yo dormiremos en el sofá-cama del diminuto saloncito que hace las veces de oficina. Mientras Salma y yo estemos en la tienda, podremos atender a su madre. No estará sola ni un segundo.
- ¿Y la vais a tener enclaustrada en ese cuchitril?
- El cuchitril es mi casa, Gertru.
Gertru Salomon me ha propuesto que nos vayamos los tres a vivir a su hotel, tan de capa caída por culpa de la maldita crisis. Me ofrece -gratis- las dos habitaciones contiguas de la segunda planta, con vistas a los maizales de Lamira.
Opina que no es sólo cuestión de espacio. Según ella, Salma no puede -ni debe- sepultar su juventud y su fortaleza vital en el cuidado de su enferma madre.
- ¿Y qué puede hacer, Gertru? -le pregunto lleno de angustia.
Mi vieja amiga me mira con detenimiento y esboza una de esas sonrisas amargas que me encandilaron cuando la conocí:
- Dejarse ayudar, tendero.
Dice la señorita Salomon que las personas de buen corazón suelen tender a culpabilizarse de los males que afectan a sus seres más queridos. Y que, en ese sentido, pierden el rumbo de hasta dónde pueden llegar sus posibilidades. Devienen en personas amargadas, frustradas, tristes, depresivas... Gente joven y hermosa que ha sacrificado su vida, su presente y su futuro, y al final sólo encuentra el vacío, la nada, la muerte. Ni siquiera les queda la conciencia tranquila: siempre hay algún reproche hacia uno mismo, siempre pensarán que no hicieron lo suficiente, que deberían haberlo hecho mejor.
- No quiero que eso le suceda a Salma.
Gertru opina que Salma debería abrir nuevamente su cafetería, que yo tendría que dedicarme en cuerpo y alma a recuperar mi viejo supermercado, en lugar de conformarme con la triste tienda que ahora regento.
Cree que la madre de Salma estaría bien en el hotel Górtimer, que con toda seguridad podría echarle una mano en la cocina, que ella se encargaría de darle conversación... de mantenerla viva.
Yo creo que adoraría de igual manera a Gertrudis Salomon si no hiciera los suculentos pasteles con los que me deleito cada tarde. Cuando miro sus ojos sinceros escrutando los míos, siempre tan dubitativos, recuerdo la canción del viejo Machín:
Aunque la virgen sea blanca,
píntame angelitos negros,
que también se van al cielo
todos los negritos buenos.
Y, sin embargo, no he sabido qué responderle.




El Colmado de Lamira
Mariana la Aldeana dijo
La señorita Salomón es una mujer sabia. Cada vez que abre la boca me asombro con su saber.
Un beso, tendero.
13 Abril 2009 | 02:05 PM