La Coctelera

El Colmado de Lamira

30 Abril 2009

Los sonidos de la noche.

Los primeros diez días de Doña Alberta en Lamira han sido de locura, dicho con todos los respetos.

Al principio se mostraba muy nerviosa, sobre todo por las noches, y nos mantuvo en vela varias seguidas, unas veces sólo quejándose y otras llorando como una niña pequeña. Le daba miedo el silencio.

Toda la vida escuchando el ir y venir de las olas que rompían dulcemente sobre la arena de la playa y ahora, de repente, eso se ha sustituido por un indescriptible silencio. Tal vez, pensé, cuando venga el buen tiempo y abramos las ventanas, el canto de los grillos y el murmullo de las hojas de los árboles mecidas por el viento puedan hacerle compañía en las noches de insomnio.

El doctor Jericó cree que es sólo cuestión de tiempo, y que pronto se acostumbrará a los sonidos de Lamira. Y a sus silencios.

Pero Doña Alberta nos vino anoche con que no podía dormir porque oía voces que salían del sótano.

Es cierto que desde el dormitorio -por culpa de un conducto de aire que une las tres plantas del edificio-, puede apreciarse perfectamente el ruido de los motores de las cámaras frigoríficas, cuyo runruneo constante, imperceptible durante el día, se convierte en tortura por la noche.

Me resultaba algo molesto al principio, pero pronto me acostumbré y pude dormir plácidamente olvidándome del mundo y sus sonidos. Sé que hay cámaras muy silenciosas, pero son excesivamente caras para mis actuales posibilidades.

Sin embargo, Doña Alberta me mira con esa mirada inquietante de quienes no viven en nuestra misma realidad:

- ¡Qué motores ni qué bobadas, tendero! -me dice-. Los motores no pronuncian las palabras, y las voces que yo oigo vocalizan perfectamente. Aunque hablan mucho y demasiado deprisa, para mi gusto.

Salma me mira con gesto compungido y se levanta para acompañar a su madre al dormitorio y quedarse con ella, cantándole nanas hasta que se duerme. Y entonces Salma regresa al sofá-cama, me abraza y me besa en el hombro.

servido por El tendero de Lamira 1 comentario compártelo

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Mariana la Aldeana

Mariana la Aldeana dijo

Toda convivencia es dificil y más al principio. Tendrás que armarte de paciencia. Quizás de muuuucha paciencia.

Ánimo.

Besos.

2 Mayo 2009 | 12:44 AM

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"Lamira es un pequeño pueblo rodeado de infinitos campos de maíz y bosques de abedules y de arces, con casas y calles plantadas a los dos lados de una carretera que tal vez, en la más absoluta lejanía, sea capaz de unir dos mares. Es aquí donde decidí hacerme tendero."
Jean Stele,
el tendero de Lamira.


Contando las veces que yo mismo entro y salgo, que son muchas, hemos estado en el colmado de Lamira


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