30 Marzo 2009
Cuenta Lucas en su blog que su abuelo decía esta frase: "Tengo una idea: que la gallina caga, pero no mea!". Tal vez yo sea una gallina, pero intento ponerle remedio.
El jueves pasado le dije al reverendo Matías Sincler que me iba a buscar a Salma y que el sábado y domingo pensaba cerrar la tienda, pero que no quería dejar a mis clientes sin el pan y la prensa de cada día. Me debo a ellos, y para ellos venir al colmado -a pesar de la crisis- es siempre una fiesta.
No quise mencionar los condones, a pesar de que el sábado por la tarde se venden como rosquillas, y el domingo por la mañana no es menos, que siempre hay gente rezagada o muy entusiasta. Pero el reverendo es contrario a ellos y no es cuestión de ofender a los hombres de fe.
Me dio la impresión de que se ruborizaba cuando le rogué que se hicieran cargo de la tienda, él y su señora, durante el fin de semana. Aunque la esposa del reverendo toca el órgano en los oficios del sábado por la tarde y domingo por la mañana, yo le dije que por un par de días que pusiera una grabación tampoco Nuestro Señor se iba a incomodar.
El reverendo me comentó que su preocupación no era por Dios Nuestro Señor, sino por las hermanas Delacroix, que con toda seguridad se pasarían varios meses reprochándole que pusiera una grabación en lugar del riguroso directo y en vivo de la señora Sincler, que toca como los ángeles, a pesar de la artrosis.
El reverendo Matías Sincler es, sin duda, un buen hombre de fe.
Cuando le expliqué que iba a traerme a Salma -o al menos intentarlo- y a su madre enferma de Alzheimer, al reverendo Sincler se le iluminó el rostro. ¿Vio en mí al hijo pródigo? ¿Creyó encontrar en el tenderito algo más que bondad pusilánime?
- Ve con Dios -me dijo.
Y yo le deposité las llaves del colmado sobre la palma de la mano que me acababa de bendecir.
La señorita Salomon, que anda algo decaída por la astenia primaveral, me ha dicho que no piense en lo que vendrá, sino en lo que hay. La primavera no le sienta muy bien a la señorita Salomon, y se pone espesa en sus pensamientos. Me ha reprochado que tengan que espabilarme los comentarios de mis amigos del blog, Lucas y Mariana, que me estaban abriendo estos ojos y este cerebro tan débil.
Gertru sueña con revivir las tertulias en su cocina, con la cafetería de Salma, con las pinturas de Opalinski... Sueña cada día más con Claudina Górtimer. Pero nada de lo que fue podrá ya volver a ser.
- Déjame en paz con mis sueños, tenderito -me espeta- y lárgate de una vez a por Salma antes de que sea definitivamente tarde. Escucha por una vez a tus amigos y a tu corazón. Estáis en el mismo lado.
El viernes por la noche, cerré la tienda y tomé el último tren a la costa este, y me fui a por ella. Y esta tarde regresé.

servido por El tendero de Lamira
2 comentarios
compártelo
27 Marzo 2009
No he podido ir al entierro del padre de Salma. No sé si ella lo ha comprendido o, simplemente, estaba muy agotada para reprochármelo.
No es que me considere imprescindible, nadie en el mundo lo es. Mis convecinos de Lamira han sobrevivido perfectamente durante mis meses de ausencia.
Ni Lamira ni el colmado son ya lo que fueron. Por entonces, yo podía contar con Samuel Sincler para hacerse cargo de la tienda durante una temporada. De hecho, el joven hijo del reverendo supo mantener a flote el negocio -e incluso hacerlo crecer- durante aquellas semanas que, lleno de agobio, huí hacia el oeste buscando el mar. El colmado tenía varios empleados que se consideraban parte de él. Yo sabía que a mi vuelta todo estaría en perfecto estado y que incluso mis clientes no habrían llegado a notar mi ausencia.
Sin embargo, el actual colmado es muy pequeñito, y estoy yo solo para atenderlo. Ir al entierro de mi suegro -o tener que realizar alguna gestión con el departamento estatal de sanidad, o con hacienda, o pillar una gripe- supone que tengo que cerrar la tienda y, por tanto, dejar a mis clientes, otra vez, sin lugar donde comprar una barra de pan o una lata de tomate frito.
Tampoco sería la primera vez que abandonara por unos días el colmado. En esta ocasión no he querido implicar a la joven Melinda, la florista. Ella se habría hecho cargo de la tienda gustosamente durante un par de días, pero a pesar de que tenemos largas conversaciones cada tarde y de que nos conocemos desde hace ya más de dos años, no tengo la suficiente confianza para pedirle que me sustituya.
Por otra parte, la señorita Salomon, que fue la primera en la que pensé, está algo delicada con esto de la astenia primaveral y, además, ahora tiene un grupo de clientes alojados en su hotel. Son unos ingenieros que están haciendo unos estudios para enderezar la carretera del norte, que en algunos tramos es más sinuosa que las intenciones de las hermanas Delacroix.
Llegué a pensar en el reverendo Matías Sincler. El pobre hombre todavía está apesadumbrado por lo que hicieron sus hijos, los hermanos de Samuel, y se sigue sintiendo culpable y en deuda. Yo considero que todo aquel asunto está más que olvidado, al menos por mi parte.
Deseché rápidamente la idea de pedirle que atendiera a mis clientes. Estoy convencido de que lo primero que haría el buen predicador sería retirar los preservativos y, junto con las revistas pornográficas, quemarlos en una hoguera pública, a la puerta del colmado, entre admoniciones bíblicas.
El reverendo Matías Sincler me tendría más aprecio si yo limitara voluntariamente mi libertad comercial.
Y aunque nadie es imprescindible, el caso es que no he ido al entierro del padre de Salma. Y no sé si ella me lo podrá perdonar.
Porque es verdad que nadie es imprescindible.
Tampoco en el corazón de Salma.
servido por El tendero de Lamira
2 comentarios
compártelo
23 Marzo 2009
Me han llamado por teléfono hace apenas una hora. El dragón ha muerto esta tarde. Todos esperábamos el suceso.
Nunca supe ni quise enfrentarme a él, a mi suegro. Sé que yo no le caía bien. Él a mí tampoco. En realidad, jamás llegamos a conocernos. Ni a intentarlo siquiera. Yo fui el pusilánime e inútil tendero que había llevado a su hija por los tristes caminos de la rutina, y él fue el dragón que tenía encerrada a la princesa más hermosa en los calabozos del sentimiento de culpabilidad.
La enfermedad es cruel tanto para el que la padece como para quienes le rodean. En ocasiones los enfermos se convierten en grandes tiranos. Ha sido el caso del padre de Salma.
Ella se sintió obligada a abandonar Lamira para atender el negocio familiar de baratijas para turistas, pero sobre todo para hacerse cargo de un anciano malhumorado secuestrado por el cáncer y de una madre cuyo alzheimer la va degradando por semanas. Y al final la secuestrada fue ella.
Sé que Salma echaba de menos su cafetería en Lamira. Pero ella sabía que su puesto estaba junto a esos dos viejos enfermos y solitarios, alejados el uno del otro -y los dos del mundo- por culpa de crueles enfermedades.
El padre de Salma no fue una persona agradable nunca. Su estado de ánimo habitual era el del enfado, el reproche, la crítica destructiva. Si el negocio iba mal era porque los turistas habían perdido el rumbo y sólo tenían dinero para cerveza, no porque las baratijas que él vendía eran un manifiesto atentado al buen gusto.
A mí me consideraba un inútil tendero de pueblo del interior, incluso cuando mi modesto colmado se convirtió en el supermercado de referencia de toda la región. Jamás agradeció que lo vendiera para irme con Salma a atender su ruinoso negocio.
La misma tarde de mi boda con Salma, él, el padre y padrino, me llevó a un aparte y me vaticinó en un tono amenazante que no duraría al lado de su hija ni cuatro meses. Tampoco se equivocó demasiado. Yo le sonreí con mi media sonrisa habitual porque a los borrachos no hay que hacerles demasiado caso.
Por entonces, aunque él no lo sabía ni ninguno de nosotros tampoco, la enfermedad ya se había instalado en su cerebro. No me alegro por su muerte. ¿Cómo podría hacerlo? Pero siento un culpable alivio por el dolor que cesa, probablemente parecido al alivio que siente Salma, tal vez algo similar al del propio dragón.
La madre de Salma, tan lejos de este mundo... Por un instante he pensado que lo mejor sería que Salma clausurara la ruinosa tienda de souvenirs en la playa y volviera a Lamira con su madre enferma. Tal vez aquí sabríamos cuidarla convenientemente... Sobre todo porque, aunque yo paso muchas horas en el colmado, tenemos buenos amigos que sabrán echarnos una mano. Y, sobre todo, porque Salma no estará tan sola. Ni yo tampoco.
Pero no sé ni es una buena idea.
servido por El tendero de Lamira
2 comentarios
compártelo
7 Marzo 2009
El otro día le pregunté a Gertru Salomon si creía ella que mi amistad con Melinda, la florista, podría ser malinterpretada por nuestros vecinos y clientes.
Me ha mirado con esa mirada suya que alcanza lo más profundo de mis pensamientos y los analiza.
Después ha soltado su carcajada característica que demuestra el perfecto estado de su salud.
- ¡Por el amor de Dios, tendero, ¿qué estás diciendo?!
Le he contado que Melinda y yo pasamos muchas horas cerca el uno del otro, si bien yo dentro de la tienda y ella en su puesto de la acera. Que acostumbramos a tomar juntos un café a media mañana y que permanecemos largo rato conversando, sobre todo en esos momentos en los que la clientela flojea.
Le he confesado que tanto Lucas como Mariana piensan que entre Melinda y yo podrá haber algo, si no ahora al menos en un futuro próximo. "Ya sabes, Gertru, piensa mal y acertarás", le he dicho recordando las palabras de Mariana.
- ¡Qué expresión más fea, tendero -me ha respondido la señorita Salomon-, y más equivocada!
Gertru, a pesar de todo, sigue creyendo en la bondad humana porque, según ella, es la única esperanza que le queda a nuestra especie.
- Pensar mal es muestra de maldad -me dice- o de envidia, que es peor. En realidad el origen de todos los males del ser humano es la envidia.
Yo la escucho con atención, aunque no comparto del todo sus opiniones. Pensar, bien o mal, no puede hacer daño a nadie. Pero prefiero interrumpirle con una pregunta:
- ¿Habría algo malo si Melinda y yo...?
Gertru me mira muy seria. Tal vez esté intentando imaginarse la situación, o ha llegado a lo más profundo de mi alma, donde la soledad lleva alojada demasiado tiempo.
- Melinda sólo tiene ojos para David, y tú lo sabes, tendero. Es una buena muchacha que sin duda te considera un gran amigo. Ten cuidado, tendero; no quieras hacerte daño.
David y Melinda son novios desde niños. Él es un agradable y simpático joven alto, fuerte, rubio, de ojos azules, dentadura perfecta... y, además, es bombero. Ya se sabe que los bomberos tienen un atractivo especial para las mujeres. Ven en ellos el héroe que siempre sabrá protegerlas y a su lado se sentirán seguras.
En realidad, esa idea la tenemos todos los ciudadanos: el bombero es como un ángel de la guarda.
No tendría nada que hacer con Melinda, aunque lo cierto es que tampoco lo pretendo. En ningún momento se me habría pasado por la imaginación semejante ocurrencia. Me gusta su compañía, su conversación, me siento sereno y seguro a su lado. Discreta, sencilla y delicada, es, sin embargo, una especie de bombera particular. Pero nada más.
Mi corazón sigue estando con Salma, y cuento los días que faltan para su regreso. Pero yo no soy un héroe. Tengo miedo de enfrentarme a las llamas del amor y me siento incapaz de rescatar a hermosas princesas de las garras del dragón.
servido por El tendero de Lamira
2 comentarios
compártelo
23 Febrero 2009
Hay personas que están siempre al lado de uno, fielmente, sin preguntar, sin dudar, sin apenas hacerse notar. Melinda es una de ellas.
Melinda siempre tuvo su floristería a las puertas de mi colmado. Todas las mañanas vendía flores frescas: rosas, tulipanes, orquídeas, liliums rojos... Regalaba su sonrisa dulce y su mirada limpia, transparente.
Mantuvo su pequeño negocio en el mismo lugar cuando yo me fui y se hicieron cargo del supermercado los hermanos Sincler. Y cuando el padre de éstos, el reverendo Matías Sincler, vendió el inmueble a un grupo inversor extranjero que quería abrir un casino de juego, Melinda permaneció en su puesto, a pesar de que ya no era un lugar frecuentado por demasiadas personas.
Sin embargo, a pesar de todo, muchos clientes continuaron comprando ramos, bouquets, cestas, centros, coronas o flores sueltas, manteniéndose también ellos fieles a la muchacha que cada mañana llenaba sus cocinas o salones de brillantes colores y frescos aromas.
El pretendido casino de la multinacional apenas llegó a comenzar las obras. Agobiados por la crisis, sus promotores desecharon el proyecto, y por ahora ignoramos cuáles son sus intenciones respecto al inmueble, que con el paso de los meses se ha ido deteriorando no sólo él mismo sino también sus alrededores.
Melinda me preguntó si yo tendría algún inconveniente en que montara su puesto de flores al ladito de mi nuevo colmado, como antes. Sería más cómodo tanto para sus clientes como para los míos.
Me he sentido un poco estúpido, porque tendría que haber sido yo quien le dijera a Melinda que se viniera conmigo. Naturalmente, le he respondido que estoy encantado y, para agradecer su fidelidad, le he regalado una caja de bombones de los que sé que le gustan.
Compartimos clientes fieles, pero también compartimos la fidelidad a nuestro trabajo, a nuestros amigos, a nuestro pueblo. Algunas mañanas, invito a Melinda a entrar en el colmado para tomar un café calentito y nos sentamos a conversar de nuestros sueños.
El trocito de acera que ocupan las flores de Melinda se ha llenado de vida, y la entrada a mi colmado no tiene nada que envidiar a las alfombras rojas de los grandes espectáculos.
servido por El tendero de Lamira
2 comentarios
compártelo
15 Febrero 2009
Soy un tendero. Las hermanas Delacroix dirían que soy un estúpido tendero.
Llevo toda la vida vendiendo frutas y verduras, carnes y pescados, huevos, lácteos, productos frescos y congelados, hilos y botones de colores, cremalleras, condones de sabores...
Cosas tangibles.
He intentado regalar simpatía, comprensión, afecto, rigor... Profesionalidad. Tal vez me haya faltado alguna sonrisa, pero de eso es posible que sea responsable mi ortodoncista asesinada, Claudina Górtimer.
Hoy he vendido decenas de corazones de hojaldre y nata, centenares de rosas rojas, tal vez millares de bombones (algunos de licor)... quizás millones de condones. Hoy ha sido el día de los enamorados: 14 de febrero, San Valentín.
Cuando he cerrado la tienda, después limpiar y fregar cada rincón, después de hacer caja y anotar en los libros todos y cada uno de los movimientos, he subido a mi apartamento, me he tumbado en el sofá delante de la televisión apagada y he llorado.
La soledad, la infinita soledad, tiene esas cosas.
Y, justo en ese momento, he recibido el regalo más valioso del día de San Valentín. Ha sonado el teléfono, y era ella: Salma. Por ahora no va a volver a Lamira, pero me ha dicho que me quiere, que no sabe vivir sin mí y que volverá. Volverá a tener su cafetería junto a mi colmado, volveremos a compartir alegrías y tristezas, amistades, gozos y sombras, sonrisas y lágrimas, mantel, sábanas y baño. Volveremos a intentar ser felices.
- No llores, idiota -me ha dicho.
El mejor regalo de San Valentín.
servido por El tendero de Lamira
6 comentarios
compártelo
12 Febrero 2009
A raíz de la terrible tragedia de Eluana Englaro (esa muchacha italiana que, tras diecisiete años en coma irreversible, ha podido por fin descansar en paz), he recordado que tenía una conversación pendiente con el boticario de Lamira.
Quien haya ido leyendo este blog, sabrá que somos dos personas -el boticario y yo- que no congeniamos. Ha habido siempre entre su negocio y el mío una especie de tierra de nadie que, en realidad, ocupábamos los dos. Si él vendía en su botica alimentos infantiles, dentífricos y quitaesmaltes, yo me consideraba con derecho a vender tisanas, cremas hidratantes para pies resecos o complejos vitamínicos. En un centenar de tiras y aflojas que se materializaban en reproches, decidimos, si no retirarnos el saludo, al menos mantenernos afectivamente algo más que distantes. O sea, que no nos hablábamos.
Siempre supe que el boticario de Lamira había pasado un par de veces por la cárcel antes de que yo me instalara en este pueblo. Oí que había cometido unos crímenes horrendos y que no había purgado suficientemente sus culpas. Desde el primer momento tuve mis dudas, pues de la misma manera que era atacado sin compasión por unos, era discretamente defendido por otros. Y sabido es que la discreción y la prudencia siempre tienen más razones que la vehemencia.
Dentro de la meliflua imparcialidad y equidistancia que debe caracterizar a todo tendero, y a pesar de mi desafecto por el boticario, decidí apuntarme al bando de la prudencia, con la intranquilizadora esperanza de que, tal vez, aquellos horrendos crímenes no fueron tales. Porque a nadie le gusta convivir con asesinos.
El caso de la señora Varalica despertó mi curiosidad acerca de esos supuestos delitos del boticario de Lamira. En las semanas que estuve alojado en el hotel Górtimer, mano sobre mano por la falta de trabajo, investigué algo en la hemeroteca de nuestra biblioteca pública. No tardé en encontrar lo que buscaba.
En los pequeños pueblos puede pasar inadvertido hasta lo que está más a la luz y a la vista de todos, y a la vez oculto tras la desmemoria voluntariamente asumida por cada uno de sus vecinos. Pero las hemerotecas sacan de debajo de las alfombras todo cuanto se ha ido acumulando a lo largo de los años. Basta con levantarlas.
No sé a cuántas personas ayudó a morir el boticario de Lamira. Sí sé que estuvo en la cárcel por dos de ellas. También sé que la última vez que lo hizo fue hace unos meses, con la señora Varalica. Y sé que lo volverá a hacer cada vez que se encuentre con una persona que llame a su puerta desesperada, desahuciada, aterrorizada por el dolor infinito con que la cruel enfermedad puede castigarla durante meses, durante años... sin otro futuro que el sufrimiento indescriptible. El sufrimiento insoportable que reclama a gritos no la tregua de unas alucinaciones, sino la paz. La paz definitiva. La paz eterna.
Tengo una conversación pendiente con el boticario de Lamira.
servido por El tendero de Lamira
3 comentarios
compártelo
9 Febrero 2009
Esta semana pasada he estado muy ocupado y no he tenido tiempo para escribir un par de líneas en el blog. Es buena señal, porque eso quiere decir que el negocio funciona.
La nueva tienda ha recuperado a la totalidad de los antiguos clientes del viejo colmado que están felices porque ya no tienen que desplazarse al pueblo más próximo -treinta kilómetros- para comprar lo básico.
Supongo que el tendero de allá habrá notado el descenso en sus ventas, pero así son los negocios. También apreciaría el aumento cuando el año pasado cerró mi colmado.
Es cierto, no obstante, que las ventas no son como eran antes. Tal vez la causa sea la crisis, y que la gente ya no gasta con tanta alegría. O, quizás, ahora sólo compra lo que realmente necesita.
Estar detrás del mostrador de una pequeña tienda de comestibles le permite a uno conocer muy bien los hábitos de los ciudadanos de su localidad.
Puede llegar a identificar el rostro saludable y alegre, la mirada brillante y la sonrisa franca con el consumo de frutas y verduras frescas. Las hermanas Delacroix, por ejemplo, compran demasiada bollería industrial, con esas grasas saturadas que hacen que el colesterol y los triglicéridos les salgan por los ojos y la boca en forma de un humor de perros.
Durante esta semana en la que el colmado ha funcionado a pleno rendimiento, me ha llamado la atención el aumento del consumo de pescado en detrimento del de carne. Sobre todo de carnes rojas, las que provienen de mamíferos. En principio pensé que mis convecinos habían decidido entregarse a la dieta sana, eliminando de sus platos cuanto pudiera acarrear problemas cardiovasculares. Sin embargo, ha aumentado el consumo de pollo o pavo y, sobre todo, de huevos.
Las hamburguesas y las salchichas apenas se han vendido, cuando antes eran el producto estrella. Las preparan en la carnicería de Plouton, a cuarenta kilómetros por la carretera del Norte y me las sirven cada dos o tres días. Son famosas en toda la región. Toda la carne que venden es de primerísima calidad.
Sin embargo, la señorita Salomon comparte las precauciones de Lucas acerca del hecho de almacenar hamburguesas en el sótano de una vieja funeraria. De nada le sirve saber que todo el inmueble, y especialmente ese sótano, fue escrupulosamente desinfectado, desratizado, desinsectado, pulido, lavado y pintado. Nada importa haber comprobado con sus propios ojos que allí no se encontró el más mínimo resto humano, ni siquiera de tiempos anteriores a los de su uso como funeraria.
Pero los prejuicios son siempre difíciles de vencer.
- No, tendero, hamburguesas no. Me llevaré unas pechuguitas de pollo fileteadas para hacerlas a la plancha.
servido por El tendero de Lamira
5 comentarios
compártelo